La suerte es como un pez

IMG_8261.jpgHoy he acudido a trabajar en la moto, en la Carabela. He ido hasta Villalba donde tenía un quehacer. Para ello, y como salgo con tiempo y vuelvo con tiempo, y el tiempo iba a acompañar, me he puesto los cueros y he salido a la carretera. Torrejón del Rey, El Casar, Torrelaguna, Guadalix de la Sierra, Soto del Real, Manzanares el Real, Cerceda, Moralzarzal y, por fin, Collado Villalba.

Los cien kilómetros de ida han sido fríos. Muy fríos. Previsiones poco previstas por los previsionarios que decían de lo bueno de la primavera. Joder con la primavera por las mañanas!

La vuelta ha sido, sin embargo, un viaje de gloria. La temperatura ideal, la prisa nula, el sol a la espalda, la velocidad queda. Y para sorpresa, tras repostar a los 215 km de depósito y arrancar la moto, ésta ha comenzado a sonar diferente. Llámeme loco el lector, pero la moto ha comenzado a sonar más grave. Eso me ha parecido. Tanto me ha parecido notarlo que he quitado la música que llevaba puesta en el intercomunicador. Al llegar a casa lo he comprobado y, efectivamente, la moto, por tener algo más de veinte mil kilómetros, por el cambio de temperatura y presión atmosférica, o por la altura sobre el nivel del mar, o por el cambio del color del pintauñas de la vecina del octavo izquierda, por eso, ha cambiado un poco más el sonido.

Hoy he escuchado música en la moto. El intercomunicador funciona bien y suena bien para las llamadas telefónicas pero, sinceramente, no vale para escuchar música. Y es una pena porque una de las canciones que ha sonado ha sido de Cabinete Caligari:

“La suerte es como un pez que de sus manos resbaló como la pretensión de ser algo que se esfumó. Preparó todo, trabajó, pero él tenía vocación de ser mucho más en la vida que un kafkiano perdedor.

Pobre hombre, ni su nombre sabe ya decir con tino. Es su sino el de sufrir, es de espinas su camino. Deambula por los puertos suplicando tragos de favor. Apostó su vida a un bello sueño que era su dueño y voló.

¿Quién se apiada de este hombre? No hay desdicha que le asombre. Gira y gira el carrusel, pero siempre gira en contra de él. Deambula por los puertos suplicando tragos de favor. Delirando mamao repite que la suerte es como un pez que de sus manos un día resbaló, y como un plomo en el agua se hundió; sin saber cómo, en el agua se hundió. Y allí reposa con otras suertes, con otras muchas suertes, que resbalaron como un pez.”

Una impresionante y decadente canción que señala el destino de algunos hombres perdedores a los que la fortuna se les resbaló por entre los dedos. Una canción para pensar, para agradecer lo que somos, lo que son los nuestros y lo que tenemos.

Por cierto, el repostaje ha sido de 8,59 litros en 215 km, es decir, exactamente 4 l/100.

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Proteger el cableado

6257f128-df1b-492a-83ca-edf9049696a2He encontrado en Amazon una cosa que se llama Rolson Tools – Tubos para cableado eléctrico [Clase de eficiencia energética A]. Me ha costado 8,38 leerles, transporte incluido. Se trata de una caja que contiene 127 tubos de plástico termoretráctil  de las siete secciones más habituales en lo que a cables se refiere. Lo he comprado ayer y me ha llegado hoy.

No sé si es un defecto de las Harley-Davidson o es un defecto solo del modelo Street XG750, pero lo cierto es que, en determinadas partes de la moto, donde acaban los cableados que conectan los diferentes componentes, es como si la camisa que traen de fábrica tuviese las mangas cortas. Esta circunstancia no me gusta nada, evidentemente. La situación se agravó cuando quité el cupulino -fuera cupulino– que dejaba al aire otro conector más.

Andaba pendiente de resolver este pequeño disparate y por eso he comprado este material. Aun no me he puesto manos a la obra pero he hecho un primer experimento. Resulta que el cable del cargador del móvil de mi hija Eugenia está bastante deteriorado y la niña lo tenía recompuesto con un poco de cinta aislante. He retirado la cinta aislante y he puesto uno de los nuevos tubitos. He aplicado calor con el secador de pelo ya ha quedado muy presentable. Próximamente me iré a la parcela y procuraré hacer lo mismo con aquellos cables que quedan a la vista y que pueden deteriorarse al contacto con el aire.

Algunos ejemplos:

IMG_4169Lado izquierdo del manillar que queda al aire tras la retirada del cupulino.

IMG_4171Camisa con las “mangas cortas”.

IMG_6470Cables de alimentación de la bocina.

IMG_4624Cables de alimentación de la piña derecha.

No tengo pinta de ir a aprender

IMG_8177Una visita temprana me cambió el día. ¡Cómo no voy a atender a un hermano motero que viene a Guadalajara! Faltaría más. Iremos a un sitio precioso, seguro. Iremos a Valverde de los Arroyos. Hace años fui una vez con la familia hasta allí, a hacer una excursión por el Hayedo, pero ya no me acordaba. Está muy cerca de Tamajón, Majaelrayo, Campillo de Ranas, lugares que, como recordará el lector, he visitado recientemente.

¡Y yo que pensaba que ya conocía los paisajes más bonitos del mundo! Estaba equivocado porque los paisajes más bonitos del mundo son los que descubrimos ayer.

No iba a hacer frío. La aplicación del móvil decía que la temperatura sería buena, Google también, y la tele también… y todo el mundo también. Pero no. El aire era muy frío en aquellos parajes. Pero que muy frío. No llegué a congelarme pero ahora, a toro pasado, me habría puesto los guantes de cuero, el cuello y el cubre pantalón, que abriga bastante. Tomando una ración en Valverde comentábamos este asunto del frío. Paco iba peor que yo porque llevaba cazadora de verano sin cortavientos y yo, al fin y al cabo, llevaba la chupa de cuero y forro polar. Y me acordé de cuando era pequeño. Yo no me preparaba el bocadillo para el recreo del día siguiente por la noche porque no tenía hambre. Así de simple y de estúpido era mi razonamiento. Como ahora no tengo hambre, no me preparo bocadillo. Porque no tengo hambre. Al día siguiente, bajo el aplastante sol, veía a todos los niños con su bocata. Pues ahora me pasa igual. Como no tengo frío, no me pongo el cuello, o los guantes de invierno, o el pantalón. Después de todo, ¿cuánto cuesta meter algunas de esas cosas en las alforjas? ¿Para qué quiero las alforjas? Parece lógico pensar que, si vamos a rodar 80 km hacia el norte, y el final de la ruta está a 1.200 m sobre la altitud del mar, tendrá que hacer algo de fresco. Pues no aprendo. Y no tengo pinta de aprender estas sencillas rutinas.

Hicimos el camino natural para llegar hasta Valverde. Tomamos la CM-101, que pasa por Fontanar, Yunquera, Mohernando y Humanes. Allí tomamos la CM-1004 que pasa por Razbona y Puebla de Beleña. Pasado Tamajón cambiamos a la GU-211, que es la que llega hasta nuestro destino. A la ida encontramos solo un poquito de tráfico y, a la vuelta, nada. Especialmente interesante es la GU-211, que atraviesa parajes realmente fantásticos. El día estaba soleado. Algunas nubes nos iban fastidiando más y más la temperatura pero, a su vez, hacían un favor a la escenografía del paisaje, provocando una curiosa iluminación que realzaba aún más su belleza. Enseguida me arrepentí de no haber parado cuatro o cinco veces a fotografiar tamaño espectáculo.

La carretera está en un excelente estado, lo que hizo reducir la clásica preocupación sobre baches, agujeros y zonas de asfalto descompuesto. Es cierto que, llegando a Valverde, hay unos kilómetros que parecían muy húmedos por lo umbrío de esa zona que da a norte puro. Lo cierto es que no era humedad, era como si la carretera estuviese alquitraneada, pintada, por algún motivo que desconozco.

Despacieando. A muy poca velocidad, mucha menos de la permitida por la ley y mucha menos de la que hubiera llevado un ansioso. La máxima expresión del verbo tranquilear, de la primera conjugación motera. Sin importar nada. Dentro del casco, oliendo mis propios pensamientos cruzados con el aroma de las jaras que adornan la carretera y con la resina de los pinos reforestados. Sin exigir, sin apretar, sin aflojar. Sin pedir de más a nada ni a nadie. Solo ir. Solo yendo. Y solo volviendo.

Llegando a casa me di cuenta de que voy cogiendo mucha soltura con la Harley-Davidson. En un momento dado pensé si es que me estaba confiando, pero no, no era exceso de confianza. Es que ya son casi veinte mil kilómetros sobre ella y cada día se me da un poco mejor, creo.

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Solitudine

Harley-Davidson

Lo cierto es que no aprendo. Me sigo levantando el primero y salgo temprano con la moto. ¿Primerear, lo llaman ahora? Pues primereando voy.

Tras unos días de parón. La vida viene como viene y cada uno modifica su trayectoria de acuerdo con las corrientes que le pasan cerca o que le inundan. Y además, como el lector sabe, el tiempo no ha acompañado hasta hoy, Día internacional de los trabajadores, primero de mayo, que no quiere olvidar el asesinato de aquellos mártires en Chicago. Así que me he vestido de torero y me han dado las nueve pasando junto a las Carmelitas. Fresquito mañanero que se ha convertido en aire congelado una vez pasado Tamajón. Se me han helado las manos y los pies a la ida pero, una vez estando en el destino final, Campillo de Ranas, el sol se ha vuelto amable y ha hecho lo que todos esperamos de él.

Han sido sesenta y cuatro km de paseo en soledad. Me acordaba de la canción de Laura Pausini que, aunque no tiene nada que ver con mi aventura de hoy, coincide en la palabra que da título a este post: solitudine.

La solitudine, la soledad, ha sido de nuevo la compañera ideal. El frío, el verde mar, la blanca carretera y los pueblos negros, la Harley y yo. En esta certera combinación se me ha presentado un elemento que ha querido entrar a jugar: el pico Ocejón, que se ha empeñado en señalar el norte de la ruta todo el tiempo. Y lo ha hecho muy bien, majestuoso como buen alumno del Ararat que sin duda quiere ser.

Campillo de Ranas está justo antes de Majaelrayo. Queda a la izquierda y su Ayuntamiento sugiere al viajero que deje el coche a la entrada. Un pueblo cuidado y amable que todavía estaba casi vacío de turistas. He estado hablando un cuarto de hora largo con un lugareño cuyos padres emigraron a Madrid en los setenta buscando mejor vida. Qué pena que la inteligencia acabe yéndose de su cuna. He paseado por entre las pizarras, he tomado el sol y me he ido sin más. Ya volveré.

Al paso por Tamajón la Carabela ha recibido los elogios de un pedazo de Vulcan y ha podido saludar a la prima de la Clementina. Así como nadie y yo íbamos, el tráfico de la vuelta ha sido tremendo. Coches que invaden el carril contrario, coches a muy alta velocidad, coches inconscientes. Lo cierto es que ha sido una mañana estupenda para respirar y para reposar la cabeza.

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Un icono de la libertad

f04bc997-e8a1-4ddf-9abd-f1b26307672b.jpgUn amigo y yo hemos hecho una ruta hace unos días. Esa ruta se desarrollaba, según íbamos pasando, desde la Comunidad de Castilla-La Mancha hasta el pueblo portugués de Bragança, pasando por las provincias de Guadalajara, Madrid, Ávila, Salamanca y Zamora. Hemos procurado pisar las autovías lo menos posible porque lo que nos gusta no se ve desde ellas, ni lo que se percibe en ellas. Nos gustan más las carreteras nacionales, secundarias, autonómicas y locales, que es donde está la vida interesante. Naturalmente, la ruta ha sido en motocicleta. Darío tiene una Suzuki Marauder GZ250 y yo tengo una Harley-Davidson Street XG750.

Lo que voy a contar vale para ambas monturas, para ambas motos, porque las motos, para nosotros, son libertad. Forman parte de nuestra libertad. Para cualquier motero, su moto es su casa, es su sitio, es su forma de expresarse, de ser, de sentir y de actuar. Con una moto un motero es capaz de hacer doscientos kilómetros para tomarse un café. Con una moto, un motero recorre trescientos kilómetros para asomarse a un balcón desconocido, y volverse sin más. -¿Dónde has estado hoy? -Por ahí. Y ya está. No hay que pedirle muchas explicaciones al motero que regresa porque, en realidad, no hay muchas explicaciones que dar. -Por ahí.

En la ruta que he mencionado, y pasada Salamanca, encaramos la Vía de la Plata (N-630) hacia el norte, hacia Zamora, dejando atrás la unamunesca ciudad. A veintitantos kilómetros nos topamos con Topas, con la cárcel de Topas. En ese momento lo pensé y me guardé el recuerdo que hoy traigo a este post porque quería masticarlo un poco más. Montado en una Harley-Davidson… y pasando por la puerta de una prisión. Una Harley de las pequeñas, de la reciente familia Street que ya suma tres hermanas, de la controvertida familia, de las seis que componen la Marca, esa que no es una Harley de toda la vida, esa que tiene plástico y que no suena como Dios manda… bien, pues montado en una Harley, a la puerta de una prisión. Un icono de la libertad y un centro penitenciario que debe tener como mil celdas. ¿Cuánta gente habrá ahí dentro? ¿Qué ha pasado para que estén encerrados? ¿Seguro que tienen que estar ahí? ¿Todos? ¿Nadie se ha equivocado?

Yo nunca he estado en una prisión. No sé nada de prisiones salvo lo que cuentan las películas. No tengo ni idea de los motivos por los que una persona puede acabar en un lugar así. No sé qué cosas tan sumamente graves ha podido hacer alguien como para que le encierren y le quiten, temporalmente, su libertad. ¿Cualquiera podemos acabar ahí dentro? Supongo que cualquiera que se salte la Ley de forma grave puede.
Una Harley-Davidson a la puerta de una prisión. Un contrasentido, una paradoja. La libertad frente a la condena.

Viaje en Moto: Madrid – Zamora – Braganza, 10 – 11 – 12 – Abril 2017

20170411_170722.jpgMi amigo Pepe me invita a que comparta en su blog mis impresiones sobre el viaje que hizimos en moto hasta Braganza así que aquí comparto algo de lo que puedo recordar. Aunque la aventura es reciente, hay muchos detalles que se me quedan en el tintero.

Bueno ¿Y por dónde empiezo?
Yo tenía ganas de hacer un viaje en moto. En alguna otra ocasión he realizado un “desplazamiento” en moto (por ejemplo, el más largo fue el año pasado de Madrid a Almería) pero no fue un “viaje” sino un desplazamiento. Mi necesidad era plantarme en Almería y recorrí todo el camino por autovía y haciendo las paradas justas y necesarias para repostar, tomar un refrigerio ó tentempié y descansar 10 ó 15 minutos. Mi prioridad, mi objetivo, no era pasear disfrutando del paisaje sino llegar desde A hasta B lo más eficazmente posible. Mi moto es una Suzuki Marauder GZ250 del año 2005 y se portó como una jabata ida y vuelta (todo por autovía). Pero me quedaba la espinita de hacer un viaje en moto por el simple y puro placer de hacerlo. Un viaje para disfrutar, ésta vez sí, del paisaje y de pararme aquí y allí, donde quisiera, para visitar éste pueblo, ver éste monumento, aquellas ruinas o ese lugar histórico. Y emplear para ello varios días para ir tranquilo, dormir donde fuese y no tener prisa por regresar a casa antes de la puesta de sol y poder llegar más lejos de lo que habría llegado en un solo día de viaje. Y entonces me surge ésta oportunidad de hacer un viaje de tres días recorriendo parte de Castilla y León con incursión a Portugal incluida. Y en compañía de un amigo, que lo hace todo más ameno y llevadero. Y dije que sí.

Primer día – 10 de Abril de 2017

Habíamos quedado en la Glorieta Darix, que alguien bautizó así en mi honor y con ese apelativo se ha quedado, y sin entretenernos en saludos y conversaciones partimos hacia Ávila. El buen tiempo nos acompañó todo el viaje, si bien por la mañana temprano se notaba más el fresco y cuando el sol estaba alto se notaba ya el calor, sobre todo al circular atravesando pueblos a baja velocidad o al estar parado ya que por carretera el aire que nos ofrecía su resistencia también nos refrescaba como un gran ventilador.

La primera parada fue en Las Navas Del Marqués, provincia de Ávila, donde en el Bar-Restaurante “Magalia” tomamos un desayuno. Por lo visto, el Magalia (dicen) es como La Cruz Verde que hay cerca de El Escorial pero en abulense. Y con menos postureo y más naturalidad. Continuamos cruzando Ávila, rodando junto a sus centenarias murallas sin detenernos y así llegamos hasta Salamanca. Seguramente paramos en algún lugar del camino a repostar pero no lo recuerdo. Sólo recuerdo paisajes espectaculares, sol y aves majestuosas como cigüeñas, águilas y halcones volando bajo en círculos a los lados de la carretera. En ocasiones la atravesaban por el aire y se veía su sombra pasar delante de la moto sobre el asfalto. Y en alguna ocasión un halcón se dejaba ver al borde de la carretera posado en un cable de los que se sustentan sobre postes de madera fijados al suelo. Yo soy de ciudad y ver a éstas aves en libertad, volando tan cerca de mi cabeza como para distinguir los dedos de sus patas o las puntas abiertas como dedos extendidos del extremo de sus alas, me alucina.

En Salamanca paramos a descansar un breve instante pero ni tomamos café ni nada. Paramos las motos, nosotros estiramos las piernas 5 minutos y ellas se enfriaron un poco. Y seguimos hasta Zamora, destino y campamento base. Bueno, campamentos base en realidad había dos. Zamora podría ser una referencia principal en la ruta y volvimos a ella en diversas ocasiones. El verdadero campamento base se encontraba en el pueblo de Fuentelcarnero, donde se alojaba Pepe. Mi alojamiento lo tenía en un hotelito en el vecino pueblo de Villaralbo, a unos 5 kilómetros de Zamora capital. Así que la primera parte del viaje se completó parando en Fuentelcarnero, donde la familia de Pepe (que habían ido allí en coche el día anterior) me recibió con los brazos abiertos. Allí comimos todos juntos, descansamos y después fuimos a Villaralbo para que yo pudiera realizar la breve gestión de registro en el hotel. Pepe y su familia, en coche, me guiaron hasta el lugar, siguiéndolos yo en mi moto. Después de acceder a mi habitación, dejar el equipaje, el “disfraz de motorista” y asearme y arreglarme un poco, ya vestido de “persona”, nos montamos todos en el coche y nos acercamos a Zamora. Dimos un paseo donde me enseñaron lugares preciosos de la ciudad, joyas del arte románico, el puente viejo sobre el río Duero, edificios con hermosas fachadas de estilo modernista, un pequeño patio de un convento de clausura y el Parador que en su día fue Palacio de los Condes de Alba y Aliste, donde tomamos un pequeño refrigerio. Después fuimos a cenar picoteando unos chorizos asados acá, unos pinchos morunos (unos que sí [pican] y otros que no) allá y unas patatas bravas acullá. Cuando estuvimos cansados y satisfechos volvimos al coche, me dejaron en mi hotel y ellos siguieron hasta su alojamiento.

Segunda día – 11 de Abril de 2017

Después del desayuno salimos sobre las 09:30h desde Villaralbo, donde Pepe me recoge para ir a San Pedro de la Nave, iglesia visigoda del siglo VII. Estaba cerrada y justo cuando nos estábamos poniendo el casco para irnos llegó la señora que abría la iglesia al público. Así que pasamos y visitamos la iglesia por fuera y por dentro. Una maravilla.

Continuamos hacia Tábara para visitar el Scriptorium donde hace más de 1000 años se copiaron códices que son una joya de la Historia, el Arte y la Cultura. En el siglo X éste lugar cobra fama por los libros que allí se escribían e ilustraban. En el Scriptorium trabajaba el monje Maius copiando e ilustrando el Comentario al Apocalipsis de San Juan que había recopilado Beato en el siglo VIII en la comarca de Liébana. A las copias de éste manuscrito realizadas entre los siglos X y XIII se les llama de forma genérica “Beatos”. También tuvimos la suerte de que precisamente al llegar estaban abriendo el Scriptorium para su visita, en cuyo interior se encuentra una breve exposición para conocer el trabajo realizado aquí por los monjes. Nos comentó la joven que se ocupaba de la recepción que el Beato más importante copiado en éste lugar hace diez siglos, el “Beato de Tábara”, se expuso aquí el 1 de Abril durante 10 horas (sí, sólo 10 horas) y después lo devolvieron al lugar donde se conserva actualmente, el Archivo Histórico Nacional de Madrid.

Continuamos camino hasta Braganza, ya en Portugal, que es un país europeo provincia de Extremadura (es una broma), y allí vemos el Castillo, magnífico, y el Domus Municipalis, considerado el primer ayuntamiento de Europa. Se trata de un edificio de planta cuadrada con ventanas y un banco corrido de piedra donde se supone que las personas principales se reunían para tratar los asuntos importantes.
Comimos allí mismo, en la terraza de un bar al lado del Domus Municipalis, constatamos que es un falso mito que las portuguesas tengan bigote y reanudamos el camino hacia Miranda de Duero, todavía en Portugal. Allí simplemente hicimos alguna foto de las vistas, descansamos un rato y salimos hacia España. Desde donde estábamos se veían paisajes que ya eran españoles, estábamos a tiro de piedra de la provincia de Zamora. Las carreteras portuguesas que recorrimos estaban muy bien hechas y conservadas y prácticamente no había tráfico a esas horas, después de comer. Lo que sí hacía era un calor excesivo cuando parábamos. Con la moto en movimiento era más soportable. Y así llegamos primero a mi hotel, en Villaralbo, y Pepe continuó hasta su alojamiento en Fuentelcarnero.

Yo estaba cansado pero no físicamente, pues habría aguantado bien más kilómetros, sino de la cabeza pues llevaba desde el desayuno con un leve dolor de cabeza que me estaba dando la lata. Así que aunque aún era pronto, pues serían sobre las 19:30h aproximadamente, en la cafetería del hotel me tomé un café con leche y un par de magdalenas y con eso me di por cenado. Como soy un “rudo motero” (risas) compré además una botella de litro y medio de agua y me la subí a la habitación, sin pensar en las consecuencias (broma). Me pegué una buena ducha, que parece que el cansancio se va por el desagüe, y me sentí mucho mejor de mi dolor de cabeza, cosa que no lograron ni el ibuprofeno ni el paracetamol. Tenía el propósito de escribir unas reseñas de cada jornada cada noche, antes de dormir, y para hacerlo con gracia y estilo había llevado en mi equipaje una pluma estilográfica de bolsillo Kaweco Ice Sport y un cuadernillo de viaje de esos que son una cubierta de cuero con un recambio de hojas de papel que se sujetan en el interior con unas cuerdecillas. Pero estaba cansado y no escribí ni una palabra.

Tengo que decir que los paisajes que vimos en Portugal eran espectaculares, así como los que vimos en España. Nunca imaginé, antes de montar en moto, que pudiera ser tan impresionante rodar por carreteras viendo y cruzando bosques, valles, puertos de montaña, ciudades modernas y pueblos anclados en el pasado, cada entorno con su propio ambiente, sonido, aroma, temperatura y peculiaridades.

También tengo que insistir en la amabilidad de Pepe, excelente compañero de viaje, cuya hospitalidad y la de su familia son abrumadoras. Regresando a los respectivos campamentos base paramos en un pueblecito llamado Pereruela y allí me hizo pasar a una tienda de cacharros de barro cocido. La alfarería de ésta localidad es famosa por su calidad, ya que el barro de la zona tiene cierta peculiaridad que lo hace muy resistente al calor. Pepe compró una cazuela para el horno y me la entregó como regalo para mi madre, de parte de su familia. En las alforjas viajó segura y a salvo hasta mi hotel.

Tercer día – 12 de Abril de 2017

El tercer y último día de nuestra aventura ya sólo consistía en regresar a Madrid pero eso sería después de comer. Por la mañana cargué mi moto con el equipaje, liquidé mi cuenta con el hotel y salí con Pepe para Zamora. Allí visitamos una tienda-taller de motos para mirar unas cosas. Tenían diversas motos de segunda mano para vender. Vi algunas curiosas como una Suzuki Marauder 800 (la hermana mayor de mi moto), una Sanglas 400, un scooter todo como de espejo y una Suzuki GS500 a la que me subí para ver cómo me quedaba. También me probé una BMW que me pareció mucha moto para mí. Había más pero esas me llamaron la atención.

A una hora prudente nos dirigimos a Fuentelcarnero. Limpiamos un poco las motos de los mosquitos estrellados contra ellas y después estuvimos pasando un poco el rato. Luego comimos, disfrutando, en mi caso, de la cordialidad de la maravillosa familia de Pepe, y después de un poco de sobremesa nos dispusimos, Pepe y yo, a emprender el viaje de regreso a Madrid. La familia de Pepe iría en coche más adelante. Señalo esto para que conozca el lector que las motos viajaban sin coche-escoba ni apoyo ninguno de ese tipo. Que tampoco hacía falta porque estamos en España y no en Siberia.

Del viaje de regreso poco hay que contar. Simplemente fue eso, regresar a Madrid. Seguimos el mismo camino que al partir de Madrid a Zamora pero al revés, a la inversa. Aunque fuimos todo lo posible por carreteras nacionales y secundarias no nos estuvimos parando en pueblos ni nada para visitar lugares de interés o pintorescos. Hicimos una parada en Peñaranda de Bracamonte (Salamanca) para tomar un café y descansar un momento y después seguimos del tirón hasta El Escorial (Madrid). Se suponía que seguiríamos hasta Madrid por la M-505 pero Pepe, que siempre fue guiando la ruta pues la conoce mejor que yo, improvisó desviándose hacia el Real Sitio de San Lorenzo de El Escorial. Se decidió seguir camino hasta Madrid por la autovía para evitar el tráfico cada vez más intenso que salía de la capital del reino con motivo de las fiestas de Semana Santa por las carreteras secundarias. Así viajaríamos con más seguridad. Estiramos un poco las piernas, le hicimos un par de fotos al Monasterio y continuamos la marcha. Ya en la autovía nos separamos en cierto punto, yo para llegar a mi casa en Madrid y Pepe a la suya en Guadalajara.

Éste viaje me deja diversas impresiones. Por un lado paisajes increíbles, imágenes de animales que sólo veo en televisión excepto cuando salgo de ruta o viaje con la moto: vacas pastando en el campo, caballos, un pastor guiando un rebaño de ovejas con dos enormes mastines como ayuda, cigüeñas con sus enormes nidos en lo alto de torres, campanarios o árboles. Vi enormes rapaces trazar círculos en el cielo como águilas o buitres. Otras más pequeñas como halcones, ya fuera posadas en un cable entre postes de madera o volando buscando sustento. Palomas y pájaros que no sé cómo se llaman. En una ocasión durante el trayecto a Madrid vi a un águila descender y apoyarse brevemente sobre el asfalto, en la carretera, delante de nuestras motos. Antes de llegar junto a ella se elevó de nuevo en el aire con el batir decidido de sus fuertes y enormes alas. Juraría que llevaba algo entre las patas, si la breve visión de semejante espectáculo no me engaña, posiblemente se trataría de una presa.

También me deja reafirmado en que con una moto se puede viajar hasta el fin del mundo. Incluso con una 250cc como la mía. Sabiendo lo que llevas, no pidiéndole lo que no puede darte y haciendo las paradas, descansos y escalas precisas.

Estoy seguro de que ésta experiencia compartida será el preludio de más viajes, nacionales e internacionales, pues ganas no nos faltan. De momento ya hemos cruzado nuestra primera frontera al pasar a Portugal.

Y también me queda claro que mi querida moto, mi Gata Negra, mi Suzuki Marauder GZ250, se me queda pequeña para éstos viajes y rutas. Me ha llevado a trabajar a diario, me ha llevado a hacer recados por la ciudad, he hecho con ella rutas pequeñas y grandes y algunos viajes. Y ha podido con todo. Ya digo, sabiendo lo que llevas puedes hacer un viaje o una ruta incluso en bicicleta. Pero a éstas alturas y después de casi 3 años con mi Marauder ya me apetece cambiar a algo mayor, una moto con más potencia que me ofrezca más fuerza de empuje en las cuestas arriba, mejor aceleración y mejor frenada. Que me dé más potencia y seguridad. Pero bueno, eso ya es otra historia.

Darío.
Madrid.
13 de Abril de 2017.

De cómo irse a Zamora por las buenas

IMG_7781Los días 10, 11 y 12 de abril Darix y yo nos hemos marcado una ruta de tres días fuera de casa. Un reto para nuestras máquinas (Marauder GZ250 y Harley-Davidson Street XG750) y para nosotros mismos.

El plan

El plan de viaje se componía de diversos tramos: la ida hasta el campamento base, la ruta hasta el castillo de Bragança y la vuelta a casa. El plan era complicado porque quería conjugar la parte familiar con la idea de la ruta. Afortunadamente todo salió bien ya que la estrategia funcionó perfectamente. Gracias a Dios no hubo que echar mano de las soluciones de emergencia en ningún caso (grúas, ambulancias, Guardia Civil, accidentes, hurtos… nada).

El viaje de ida

El viaje de ida comenzó a las 8:25 del lunes, cuando salí a la calle con la Street 750. Llegué a la Rotonda de los Arcos, Plaza de las Reales Academias, Glorieta de la Vaguada o Darix Roundabout a las 9:15 con un tráfico parecido al de un sábado, ya que las vacaciones escolares tienen como virtud despejar las calles y accesos de Madrid. Tras un brevísimo saludo salimos disparados por la M-30 y N-VI hasta el desvío hacia El Escorial.

La primera parada fue en Magalia, bar de carretera en Las Navas del Marqués, ya en la provincia de Ávila, donde nos cepillamos sendos bizcochos y tortillas. Atravesada que fue la cuna de Santa Teresa de Jesús, la segunda parada fue en Salamanca. Desde ahí nos faltaban ya pocos kilómetros para alcanzar Fuentelcarnero, pueblo que nos sirvió como base de operaciones, al alimón con Villalalbo, unas leguas más adelante. 273 km tranquileados al sol de la mañana, rematados por ese último paseo por la Vía de la Plata.

El tiempo

Siempre soleado, con aire limpio, el tiempo nos ha acompañado durante estos tres días. La primavera y los cambios de temperatura según la hora del día, la ropa que llevas puesta y la que no llevas puesta. A veces es difícil acertar porque no es lo mismo estar parado en un semáforo en Salamanca que circulando a 80 km/h en el puerto de Valdelavía a 1400 y pico metros.

No hemos visto lluvia pero sí hemos visto algo de viento racheado en el viaje de vuelta del día 12. Tampoco ha sido demasiado pero en ocasiones se ha dejado sentir.

La moto

La Harley-Davidson Street XG750 se ha portado muy bien. Ha sido como un toro bravo. No ha abierto la boca en todo el tiempo ni se ha quejado lo más mínimo. Solo ha pedido gasolina cada 200 km, aproximadamente. No ha habido resbalones, ni derrapes (como aquella vez bajando las Siete Revueltas). En ocasiones he aludido a su potencia y la ha entregado sin problemas, incluso en sexta velocidad. Para mi esta motocicleta tiene un nivel de fiabilidad impresionante. No sabe el lector lo que supone para mi viajar en moto sin preocuparme en absoluto de si las cosas van a funcionar o no. Es cierto que vengo de una historia terrible con la Marauder GZ250, pero esto de ahora… es otra historia.

La carretera

En la medida de lo posible no hemos tocado autovías. No highways. Lo justo para salir de Madrid y lo justo para entrar, ya que a la vuelta, parados en El Escorial, vimos más conveniente volver por la A-6 debido a que eran muchos los coches que venían de frente por la 505. Iba a ser mejor así, y así creemos que ha sido.

Principalmente hemos recorrido carreteras nacionales, autonómicas y provinciales, además de alguna local. En Portugal, de la misma manera que en España, hemos pisado alguna autovía, pero solo en la justa medida para que sirviera a nuestros fines.

Harley-Davidson es una marca de motocicletas en cuya formulación de Misión, Visión y Valores alude a las vías de alta velocidad como foco de desarrollo de sus productos, pero yo sigo sin ver HD rodando por autovías. Tanta gente que presume de poseer una Harley también presume de carreteras secundarias. ¿Estilo Harley-Davidson? ¿Estilo propio? ¿Es la Street 750 una Harley? En fin, las preguntas recurrentes y las consabidas respuestas no hacen sino contribuir al mantenimiento de mi sonrisa, porque, en este caso, mi Harley soy yo. En otros casos, no lo sé.

Destaco un tramo de carretera que me pareció precioso y curioso. Es el tramo que tomamos para ir desde San Pedro de la Nave hasta Tábara. Me pareció que aquel tramo era un camino de concentración, pero asfaltado. Me da rabia no haber parado para tomar una foto en la que se aprecia la ondulación del terreno en primer término, en segundo y en tercero. Una foto de esas que sacan en los anuncios de motos. Justo ahí, en ese trozo de carretera, se me cruzó un lagarto -digo yo que era un lagarto o algún espécimen similar- de un increíble color verde fosforito, de más de cincuenta centímetros. Precioso.

También destaco la carretera nacional portuguesa que tomamos para ir desde Bragança hasta Miranda do Douro. Un paisaje espectacular, entre abierto y cerrado, con caudales de agua en el fondo de los barrancos y algunos fuegos provocados de los que se ocupaban como podían. El que quema el monte es un criminal.

Lo que no vimos

A mí no me importa no verlo todo. Es que justo aquí al lado hay una ermita, es que un poco más allá hay un monasterio. ¿Pero es que no habéis entrado a ver el museo? Pues no. -A mí no me gusta rebañar el yogurt. Así se lo explicaba a Darío, sentados frente al Castillo de Bragança. Los niños no dejan el yogurt hasta que no queda nada, entendiendo por nada ese punto en el que ya no hay materia comestible. Yo pienso que ya habrá otra ocasión de volver. Y si no hubiera ocasión, pues nada, ya buscaré la forma de sobrevivir al trauma de no haber estado en tal o cual lugar. Yo creo que en los viajes hay que disfrutar, ir tranquilo y agobiarse por nada.

Lo que sí vimos

Hemos conocido y reconocido un montón de lugares, unos hechos por la mano del hombre y otros por la del Creador. Normalmente, creo, suele ganar la del Creador. Pero lo del hombre tampoco está mal. La provincia de Ávila y sus montañas, y su fresquito mañanero y vespertino. Esos paisajes vacíos de nada porque la nieve mantiene a raya invernal la altura de los matorrales. Las dehesas salmantinas que ocultan sus dimensiones entre las copas de las encinas, esas dehesas vaporosas al rayar el alba y lúgubres cuando Lorenzo se va despidiendo. Esas dehesas que se convierten en el áspero mar castellano cuando, desde el altozano, tienes oportunidad de asomar la gaita para ver más lejos. Un toro. Hay un toro pastando. Un toro de lidia que apura sus días ante una desconocida cita en cualquier plaza en la que entregará todo lo que tiene y todo lo que es. Y otro toro, y otro, así hasta completar la legión de la cabaña española. Precioso.

Las cercanías del Duero, ese río terminante, tajante, arrollador, que lima las piedras y hace con ellas lo que quiere, que se mete por donde le parece sin preguntar a nadie. Ese Duero también domesticado al servicio de la sociedad, que necesita energía para vivir, para malvivir de espaldas a tantas cosas. Ese Duero engordado, por ejemplo, en Ricobayo, para hacerle saltar y hacer saltar la chispa que necesitamos. Eolo se muere de envidia en la provincia de Zamora.

De la mano del hombre, tantos pueblos preciosos, tantos pueblos afortunados y tantos pueblos dejados, como los de la comarca de Aliste, que conocieron tiempos mejores. Pueblos envejecidos, pueblos que van perdiendo su sentido o que se transforman procurando acoger al urbanita ansioso de rururbanización que quiere escuchar los pajaritos por la mañana, al levantarse, antes de salir a trabajar a la ciudad.

Y de la mano del hombre de hace mil trescientos años, San Pedro de la Nave, de ese visigodo trasladado que impresiona, que quita el habla y deja sitio al silencio y al recogimiento. Y la filigrana capitelina de Daniel en el foso de los leones, que nos habla de cultura bíblica de una manera exquisita.

Y el románico cenobio de Tábara que puso sus piedras sobre lo mozárabe y que permitió la copia de ejemplares impresionantes como el Beato de Gerona (975), el de Tábara (970), el de San Miguel (945). Da mucho que pensar que alguien se entretuviese en copiar libros. Como ya sabe el lector, un beato es un libro (en realidad no es un libro sino un códice) en el que el autor hace comentarios sobre el Apocalipsis de San Juan. Tiene su origen en el Monasterio de Santo Toribio de Liebana en el que, en 776, su Abad lo escribiese. Serán unas veinte copias e interpretaciones las que existan de esta rareza exclusivamente hispánica.

El Castillo de Bragança, otro impresionante siglo XII que se levanta sobre el horizonte reconquistado al infiel, junto al que se sitúa la Domus Municipalis, que conservaba el agua bajo las piedras sobre las que se reunían los concejales.

La concatedral de Miranda, hecha de aquella maniera, y su muralla prerrománica y castillo posterior, invitan al viajero a asomarse a esa parte de los Arribes que nos sirven de frontera natural.

Y, finalmente, todo el urbanismo zamorano, hinchado de románico exquisitamente cuidado, salpicado de edificios singulares a lo largo de Santa Clara hasta llegar al fondo de la Catedral, pasando por el Ramos Carrión o el Parador de los Condes de Alba y Aliste.

A poco que el viajero vaya sincero, no tendrá más remedio que impresionarse. Impresionarse por lo del hombre y por la naturaleza. Yo pienso que es inútil viajar sabiéndolo todo. Creo que hay que ir a sorprenderse. O a sorprenderse otra vez, tantas como oportunidades haya, porque nuestro fondo cultural no tiene fondo. Dentro de nuestra cabeza, dentro de nuestro corazón, siempre cabe más. Siempre.

La prisa

Ir a un sitio o viajar a un sitio. Dos conceptos diferentes y dos fines diferentes, aunque acabes en el mismo lugar. Ir a un sitio es coger la moto y llegar. Y ya está. Y está muy bien, porque hay veces que lo que necesitas es ir a un sitio. Otra cosa es viajar a un sitio, en el que ese sitio no es más que la última etapa. Esta segunda idea es la que ha prevalecido en nuestra ruta. Viajar hasta determinados lugares. No nos ha importado modificar, alterar el camino bien por confusión bien por falta de gasolina bien por error del GPS del telefonino. La prisa no tiene que estar presente, hay que dejarla de lado. Nosotros hemos dejado de lado la prisa y la hemos mantenido a raya con la estrategia en los tiempos. Hemos procurado ir con mucho más tiempo del necesario, especialmente a la vuelta. Para prisas ya tengo mi vida.

Recuperando la libertad

Yo vivo en el mundo de hoy que, como el lector sabrá por experiencia propia, está lleno de tecnología y de prisa, que son, en mi opinión, dos de los grandes ingredientes del gazpacho que nos estamos comiendo a diario. En un momento dado del viaje, yendo a no sé dónde, el teléfono se agotaba porque o no llegaba la corriente del cable o porque el GPS consume más energía de la que llega. Me di cuenta de que estaba pendiente de manera constante del aparatito. Y dije basta. Desconecté el cable y me guardé el iPhone. Y descubrí que en la carretera hay carteles que dicen los sitios! Me quedé fascinado. Por aquí, ahora por allá, luego por la izquierda. Coño, que lo pone! Desde que quité el aparatito me sentí más libre de perderme. Y no me he muerto.

Datos y mapas

Día 1: Madrid-Ávila-Salamanca-Zamora, 273 km, Salida por la A-6 hasta Las Rozas para tomar el Camino Imperial por la M-505 y CL-505 hasta El Escorial y Ávila, que son 105 km.

Hasta Salamanca hay otros 102 km, por la N-501. Hasta Fuentelcarnero, otros 45 km por la N-630, ruta de la Plata, y otros casi 20 hasta Villalalbo (Hotel Casa Aurelia).

(Google Maps no acaba de dejar que corrija, por lo que entiéndase que donde marca autovía es, en realidad, la nacional que va paralela en cada momento).

Día 2: Zamora-Tábara-Bragança-Miranda-Zamora 316 km

Día 3: Zamora a Madrid 273 km con parada en Peñaranda de Bracamonte, Ávila y El Escorial.

IMG_7880Vista del Duero desde Miranda

IMG_7786La torre de la Catedral de Zamora

IMG_7799Recinto de San Pedro de la Nave

IMG_7850Scriptorium de Tábara

IMG_7755Parador de Zamora

IMG_7908La Carabela en casa de Felipe II

f04bc997-e8a1-4ddf-9abd-f1b26307672bDos amigos en Zamora

IMG_7866Dos amigos en Portugal

IMG_7877Dos amigos por ahí

IMG_7885El árbol rosa